PEÑÓN DEL TEYÚ CUARÉ O CUEVA DE LAGARTOS (Misiones)

El camino es un tajo rojo que serpentea entre el tupido verde y permite alejarse en pocos minutos de San Ignacio, esa isla urbana en el monte misionero, y entrar al tórrido ambiente natural de la selva que bordea el Paraná.

misione21Las calles empedradas, el incesante desfile de turistas con sombrillas y cámaras que visitan las ruinas jesuíticas y los vendedores de artesanías que los persiguen quedan atrás y el ondulante trazado de tierra conduce al Parque Provincial Peñón del Teyú Cuaré, junto al río, a ocho kilómetros de esa ciudad del centro oeste provincial y a unos 70 kilómetros por ruta desde Posadas.

EL CAMINO

La tierra colorada es sólida y maciza y el vehículo se asienta firmemente en la huella soleada, aunque cuando la selva se cierra la sombra conserva la humedad y el suelo se vuelve blando y se patina en los barriales que quedan de las lluvias que se alternan casi a diario con el sol radiante.

“Imposible perderse”, dijo un lugareño  a CSM, ya que el peñón es inconfundible con sus más de 150 metros de altura a pico sobre la costa, pero para los foráneos todos esos caminos son iguales y un error en una bifurcación nos lleva a Playa del Sol, un claro junto al río, con arena, césped y zona de picnic, mesas y sombrillas de paja. Muy tentador en la tarde bochornosa, pero no es la meta.

2SIGNA21De vuelta en el camino correcto hay algunos tramos bordeados de arbustos de hojas gigantes y plantas trepadoras que envuelven como un entramado gruesos árboles y semejan telarañas verdes. Un arco natural de troncos y ramas se cierne a escasa altura sobre el camino; hilos de agua rojiza cruzan la huella y, en las sombras, surgen nubes de tábanos y mosquitos, entre otros insectos voladores. Cada tanto, entre la espesura aparece algún rancho solitario, con perros que ladran desganados y cebúes que se alteran con el ruido del motor.

EL PEÑÓN

Las lomas, cada vez más frecuentes y pronunciadas, terminan en un abra verde, ya sin techo de ramas, y aparece el peñón, tan grande que parece al alcance de la mano desde varios centenares de metros, cubierto de vegetación salvo del lado del río y en su delgada escalinata artesanal. Es como la mitad de un cerro por cuyo centro se abrió paso el Paraná.Imagen

Los paraguayos dicen que desde su orilla ven una gran cara tallada en ese frente, que les parece el rostro de un indio. En una tierra de profunda raigambre católica debido a las misiones jesuíticas y cargada de supersticiones y leyendas prehispánicas, algunos aseguran que en realidad es el rostro de Cristo.

Las 78 hectáreas de esta reserva natural son diferentes al resto de la provincia, tanto en su origen geológico como en flora y fauna. Es una zona de transición entre selvas mixtas y campos, con especies que migran de un ambiente a otro según la época, en especial una gran variedad de saurios. Por eso el nombre de Teyú Cuaré, que significa “cueva del lagarto”, en guaraní.Imagen

Tras apagar el motor, sólo se oye el trinar de los pájaros –hay más de 100 especies en la zona- y el esporádico zumbido  de insectos de diversos tamaños y colores. También aparecen lagartos, lagartijas e iguanas que asoman o entran en incontables cuevas en las rocas; una víbora verde y amarilla que contrasta con el rojo del suelo se detiene un instante y luego se pierde camuflada entre los pastos. Hormigas voladoras, rojas y grandes como avispas, zumban amenazantes junto a un hormiguero colorado de casi un metro de alto, que acá llaman “tacurú”,  en el que miles de sus pares sin alas trabajan como tales.Imagen

La subida por la escalinata de bloques de piedra –más de 350 anchos peldaños, dicen los lugareños- es agotadora en ese ambiente soleado y cargado de humedad y demanda varios descansos. Durante esos respiros se puede apreciar, abajo, el tupido verde cambiante, como un mar embravecido que oculta los caminos de acceso y sólo se abre para dar espacio al Paraná, que baja turbulento y rojizo, aunque celeste por reflejo del cielo.Imagen

Mientras delgadas y nerviosas lagartijas huyen entre las piedras, mariposas de todos los colores revolotean en grupos y se posan en los brazos y ropas para abrevar del sudor. Algunos gordos abejorros negros azulados dejan las flores y quedan suspendidos en el aire unos segundos con un fuerte zumbido frente a los visitantes, como observándolos; aunque son inofensivos, ya que a diferencia de las abejas no tienen aguijón, generan cierta inquietud hasta que se van a flotar entre las plantas.Imagen

Desde la cima del peñón, coronada por una cruz de unos tres metros de alto hecha con troncos, se ve la costa de Santa Ana, sobre una curva del Paraná, unos 20 kilómetros hacia el sur; las praderas de Paraguay, del otro lado del río, y casi al pie del crestón la isla conocida como “El Barco Hundido”, que desde arriba, efectivamente parece una nave escorada. También se ve en la costa argentina, hacia el norte, un pequeño plano amarillo claro entre el verde del monte y el azul del río; es la arena de Playa del Sol, el recreo que quedó atrás durante la búsqueda del Teyú Cuaré.

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En la cumbre se puede recorrer el “Sendero de la Selva”, un conjunto de galerías de unos 500 metros, bordeadas de paredes de vegetación baja y cerrada que en algunos tramos lo asemejan a un laberinto techado por cañas verdes, donde la frescura de la foresta tras el agitado ascenso tienta a una siesta, aunque sea breve, máxime a sabiendas que todos deben estar haciendo lo propio en los alrededores.

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UN MUNDO APARTE

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El Teyú Cuaré es un paseo que no se disfruta sólo por la magnitud del peñón o las vistas que ofrece, sino también por las múltiples sensaciones que se perciben a diversas horas del días a través de todos los sentidos, por la dinámica que la vida de esta biósfera encierra en sus variadas expresiones y por la consecuente participación a la que obliga a sus visitantes. Una vez arribado a este ambientes es imposible dejar de interactuar con su flora, su fauna y aún con su suelo y el aire que en él se respira.

DSC_0364Cuando el crepúsculo desangra sobre Paraguay y el rojo tiñe también el agua, el aire se torna más fresco y respirable y se oye una infinidad de cantos de pájaros, sonidos de insectos como la chicharra y hasta algún mono aullador.

También el zumbido de los remolinos de mosquitos que salen enardecidos al caer el sol, y no huyen ante los primeros murciélagos del anochecer, resulta ensordecedor. No hay repelente que valga y es el momento de descender y regresar a una habitación con mosquitero en alguna posada de San Ignacio.-

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 Por Gustavo Espeche ©rtiz

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