Fiesta de la Pachamama en San Antonio de los Cobres

DSC_8868Viva la Pachamama… Kusilla-Kusilla”, exclamaba el cacique de la comunidad Kolla Unida de San Antonio de los Cobres, Miguel Siares, envuelto en el humo de las sahumadas mientras en actitud chamánica elevaba una taza con vino y, tras beber un sorbo arrojaba el resto en el hoyo por el que en este ritual preincaico se alimenta a la Madre Tierra el día de su festividad. En la Fiesta de la Pachamama, los pueblos andinos agradecen a la Tierra por darles todo para su subsistencia, piden perdón por los daños que le causan, le ruegan por el bienestar de la comunidad y se entregan a un festejo popular con música, baile, comidas y mucha bebida fuerte y barata. DSC_8789

San Antonio de los Cobres es un pueblo de la puna de Salta, a 165 kilómetros de la capital provincial al que se llega por caminos de montaña, en buena parte de ripio y polvorientos. Está enclavado en los Andes a 3.700 metros sobre el nivel del mar, donde el aire es escaso de oxígeno y cuesta respirar, con una gran amplitud térmica típica de la altura, tanto entre la noche y el día como entre lugares soleados y con sombra.

El suelo es amarillento y reseco por un sol que lo castiga despiadado desde uno de los cielos más diáfanos del planeta, con un viento árido que curte la piel y desparrama salvajemente un grueso polvo arenoso por la altiplanicie. DSC_8790Las señales de comunicación electrónica -internet o celulares- son nulas o apenas intermitentes, y sus habitantes viven de las tareas rurales de montaña o la minería, salvo los efectivos de la base del Ejército y algunos que se dedican al turismo, y entre todos suman unas 7.000 almas.

La dura vida de altura de estos pobladores tiene dos revanchas al año: una es el Carnaval Andino, en febrero, y la otra es la Fiesta de la Pachamama, durante agosto, que tiene su gran festejo inaugural el primer día del mes.

En esa jornada, numerosos habitantes de parajes cordilleranos llegan a San Antonio de los Cobres y se suman a la fiesta popular, cuyo eje es el tradicional hoyo para alimentar a la Madre Tierra que se excava frente a la estación del Tren a las Nubes(*), que llega dos veces por semana desde Salta tras un viaje de unas siete horas, y este año coincidió su salida de los sábados con el festejo. CSM estuvo este 1 de agosto entre los numerosos foráneos (turistas, periodistas y funcionarios) que llegaron en tren, buses o vehículos particulares para la celebración callejera.DSC_8796

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CEREMONIAS

La celebración, como todos los años, alteró la apacible monocromía del pueblo con el color de banderas, estandartes y ropas de fiesta, tanto como el humo de las sahumadas que invadía las calles desde temprano. Luego fue la música de grupos con instrumentos tradicionales y modernos, a cuyo ritmo bailaban y se entremezclaban todos los vecinos y turistas. DSC_8449

Desde muy temprano, de las viviendas surgía un humo blanco azulado con el que los vecinos sahumaban sus hogares, pertenencias, vehículos, ropas y a sí mismos, para purificarse y protegerse contra lo negativo. El humo de este ritual milenario formaba una bruma en las calles apenas transitadas y baldíos en las primeras horas de la mañana, y cuando el viento la disolvía persistía su aroma a maderas y yuyos de altura.

La ceremonia comenzaba en las casas durante la madrugada, donde las familias también preparaban grandes cantidades de comida típica -como maíz capia, papas andinas, pata de vaca hervida, habas, cabrito guateado, gallina, locro, charque y vino patero- para compartir entre ellos y sus vecinos y ofrendarla a la Madre Tierra a través de los pozos que se excavaron en cada vivienda.

Cada uno debía consumir algo del alimento, la bebida, las hojas de coca o los cigarrillos y depositar otro poco en la tierra, además de expresar sus rogatorias, agradecimientos o pésames.

FIESTA CALLEJERA

DSC_8876Cerca del mediodía todos confluyeron en la estación para repetir el ritual, pero en forma comunitaria. Allí Siares encabezó la fiesta con plegarias en castellano y quechua, vivas a la Pachamama y la expresión “kusilla kusilla”, que según algunos significa “alegría” y para otros es una rogatoria para que la Tierra siga brindando a los hombres, especialmente a esta comunidad, lo necesario para que siga la vida.

DSC_8907La Fiesta de la Pachamama se celebra en los hogares de la región desde tiempos inmemoriales, mucho antes que los primeros habitantes fueran sometidos por los incas -que eran adoradores del Sol- pero la celebración popular y callejera de San Antonio de los Cobres comenzó hace 20 años. La decisión se tomó tras un largo debate de los pobladores, ya que para algunos –especialmente los indígenas mayores- era una ofensa a la Madre Tierra llevar el festejo más allá de sus creyentes y abrirlo al turismo. DSC_8915

Después de estas dos décadas, todos están conformes con esa apertura, ya que sirvió para difundir su cultura e incrementar la actividad económica del pueblo, especialmente en torno al turismo, que movilizó en buena medida lo vinculado a artesanías, hospedaje y gastronomía.

En plena fiesta, con una música aturdidora que surgía de un escenario armado en las escalinatas de la estación, y mientras la gente bailaba en rondas o en parejas en la calle, el intendente local, Leopoldo Salva, aseveraba a CSM que fue una decisión acertada y que “aún los que se oponían lo reconocieron, especialmente cuando vieron la parte buena, que fue el crecer de las ventas de productos artesanales tradicionales, la gastronomía y el hospedaje”.

DSC_8937En coincidencia con el intendente, aunque menos materialista, Teófila Urbano, esposa de Siares y una de las organizadoras del festejo, destacó que gracias a la fiesta popular “la gente comenzó a conocer lo que es la adoración a la Pachamama, la entendió y ahora nos respeta y respeta nuestra cultura”. Esta mujer, una de las creadoras de la celebración callejera hace 20 años, agregó: “Antes la fiesta era sólo privada y a veces tan íntima que sólo la celebraban los mayores en las casas, y se iba perdiendo el sentimiento en los niños y nuevas generaciones, pero con esto ahora todos en las familias siguen la tradición”.

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DESCONTROL

DSC_8932La música en vivo, de instrumentos muy tradicionales y también modernos, con canciones fundamentalmente folclóricas, continuaba cuando la luz del sol, antes enceguecedora, viraba a un amarillo naranja rumbo a su ocaso y las sombras de quienes bailaban se alargaban sobre la calle y se refregaban por las paredes. En los grupos, que formaban ruedas o trencitos, había quienes llevaban sombreros andinos, ponchos y coloridas whipalas (banderas indígenas) y también gente de abrigos sintéticos, camisas floreadas, gorros de béisbol y cámaras de fotos o vídeos.

Los nativos de la puna y los turistas, argentinos o extranjeros, compartían la misma alegría y embriaguez al margen de la relación que cada uno podía tener con la Pachamama. DSC_8930Había puestos donde se vendían artesanías, comidas y bebidas, y todos en la calle parecían disponer de un trago para invitar a sus amigos y también a desconocidos, en un marco de alegría y confraternidad que aumentaba a cada trago.

Avanzada la tarde, parecía más una competencia de bebedores que una fiesta de adoración, ya que al vino –generalmente en cajas de cartón-, la chicha, una sangría muy dulce y los jugos de fruta mezclados con bebidas blancas, se sumaban los tés con ginebra y ruda con que muchos había desayunado, como parte del ritual hogareño. DSC_8969

Cuando el sol siempre enceguecedor ocultó sus últimos rayos le sucedió un resplandor azulado que anunciaba una fría noche de altura y, de inmediato, surgió tras las montañas una enorme luna, esplendorosa y brillante. Para entonces el baile había agotado a muchos –especialmente los turistas, que con frecuencia sufren el mal de altura o soroche- y ya había corrido suficiente alcohol como para que algunos descansaran en los escalones de la estación y otros regresaran tambaleantes a sus hogares. DSC_8961

La escena podría recordar al poema “Fiesta”, de Joan Manuel Serrat, aunque a diferencia de esa canción en el festejo de la Pachamama la caída del sol no marcó el final, ya que la celebración continúa todos los días hasta fin de agosto.

Tras la fiesta callejera y popular, el ritual se repite a diario en los hogares, clubes y todo lugar de reunión de vecinos, donde comerán, beberán y bailarán junto a un hoyo al que arrojarán las ofrendas a la Madre Tierra. Al culminar el mes, el hoyo será tapado con tierra y piedras –al menos una de ellas, blanca- hasta formar un montículo llamado “apacheta”, que será destapado el 1 de agosto siguiente para el nuevo mes de la Pachamama.- (CSM)

Gustavo Espeche ©rtiz

(Derechos reservados)

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(*) Ver en este mismo sitio artículo sobre Tren a las Nubes: 

https://cronicasdesdelsur.wordpress.com/2013/10/03/tren-nubes/

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